He estado pensando si pegar este fragmento acerca de el problema linguístico en Cataluña, acerca del intento de imposición de un idioma sobre otro, acerca de la intolerancia quasi fundamentalista en materia linguística........La verdad, no confiaba en que mis lectores fueran a llegar al final del artículo, e incluso no se si muchos de ellos podrán sacarle el juego que se merece. Como ya comenté en un post anterior, ahi se ve la diferencia entre los lectores por compromiso y los lectores por vocación.
Yo me quedo con la ultima frase: "Pero no es un problema de lenguas. Las lenguas llevan juntas desde que existe memoria, y la experiencia enseña, en Cataluña y en otros sitios, que se conllevan bien. El problema es el espíritu totalitario que, según la ley del péndulo, parece inspirar a unos y a otros, según toque. Y ya lleva casi treinta años tocándoles a los mismos. "
Que lo disfruten, por cierto la fuente es: http://fmhblog.blogspot.com/2006/02/existe-un-problema-lingstico-en.html
Y otra cosa, ya he oido la indignante "broma" de Pepe Rubianes...ese es un hijo de puta, y los que le rien las gracias más. No se puede andar criticando a Jimenez Los Santos y luego reirle las gracias al bufón chabacano ese. Una vez más, hago referncia al péndulo totalitario...por mi, que les jodan, a ambos dos.
(...)El problema no es, pues, lingüístico, sino político. El pacífico panorama lingüístico de Cataluña tiene un grave defecto, y es que no es coincidente con el que debería ser conforme al imaginario nacionalista. A juicio de estos señores, el castellano debería desempeñar, en relación con Cataluña, un papel similar al que el inglés u otras lenguas representan en relación con España. Un simple instrumento de comunicación, en sí mismo ajeno al sentir local, pero necesario como herramienta de relación con el resto de los españoles.
La realidad, lamentablemente, es que esa lengua “ajena” es la lengua materna del cincuenta por ciento de la población, es comprendida y hablada mejor o peor por la totalidad y, sobre todo, lleva en Cataluña siglos. Es, pues, tan catalana como el propio catalán, salvo porque no es estrictamente autóctona en su origen. No hace falta aclarar, por supuesto, que buena parte de la cultura catalana de mayor nivel la ha empleado como vehículo normal de expresión. Quienquiera que encuentre al castellano extranjero habrá de encontrar extranjera a una auténtica legión de autores, de Feliu de la Penya a Jaime Gil de Biedma, cuyo súbito extrañamiento supondría, probablemente, una verdadera crisis de identidad intelectual para muchos catalanes.
Pero todos sabemos que cuando un nacionalista descubre una realidad que le desagrada, no suele conformarse con ella, sino que se aplica a cambiarla. Normalmente, en un proceder racional, las hipótesis o los preconceptos suelen contrastarse con los datos. Cuando los datos falsan la hipótesis... se abandona la hipótesis. En el caso nacionalista, se cambian los datos... hasta que la hipótesis de partida resulte verificada.
Por consiguiente, si hemos partido de que el castellano es ajeno y la calle lo desmiente, es preciso enajenarlo, es preciso cambiar el uso de la calle que, sin duda, será tenido por desviado. Es preciso cohonestarlo con la hipótesis de partida. Al final, lo mejor de esto es que uno nunca termina por estar equivocado. Por supuesto, no se trata de hacer posible “vivir en catalán” porque eso ya es posible. Otra cosa es que sea posible vivir “sólo” en catalán. Eso no depende solo de la iniciativa del ciudadano, sino de otros factores. Por otra parte, no es posible, por ejemplo, en España, vivir “sólo” en español, a poco que se pretenda que nuestra existencia nos ponga en relación con seres humanos que, sin tener nada de alienígenas, son de otros lares.
Insisto, se trata de adverar una construcción mental apriorística, que la realidad se empeña tozudamente en desmentir.
La herramienta imprescindible para lograrlo es el sistema educativo. En buena lógica, y me temo que también en recta interpretación de la propia ley catana de normalización lingüística, los niños habrían de recibir sus primeras letras en la lengua materna y continuar el decurso de la enseñanza oficial en la lengua que prefieran, sin dejar por ello de aprender la otra. Al llegar a la universidad, el debate lingüístico resulta simplemente absurdo. El profesor explicará en la lengua que tenga por conveniente, y los alumnos interesados en la materia deberán procurarse los medios apropiados para seguirle, si es que creen que ello merece la pena (el idioma podrá ser castellano o catalán, o inglés, o francés, si es que se tiene la fortuna de que un buen profesor visitante llega de otros lugares a impartir un seminario, por ejemplo).
Pero no es esto lo que se busca, insisto. La escuela es percibida, antes que nada, como una herramienta de adoctrinamiento –por supuesto, de acuerdo con las reglas que establecen quienes llevan a sus hijos a colegios internacionales o privados que les aseguren que los idiomas jamás serán una traba en sus prometedoras carreras-, de formación de ciudadanos. Es verdad, claro, que la escuela debe formar ciudadanos, pero no necesariamente ciudadanos que piensen todos igual, que es de lo que se trata, sobre todo cuando el ideario básico es discutido por la mitad de la población, habitante arriba, habitante abajo.
Es posible que los centenares de padres que están exigiendo educación para sus hijos en español sean “una anécdota” o “casos aislados” –no obstante, habrá que multiplicar la cifra por un número no insignificante porque, en rigor, no conocemos los casos de los que han tenido problemas sino de los que, teniéndolos, se han atrevido a denunciarlos. Pero, a diferencia de nuestro encontronazo con el maleducado, cuando quien niega los derechos a los demás es una Administración Pública no se trata de una falta de cortesía, sino de un intolerable caso de desviación y abuso de poder, cuando no de algo más grave.
Pero no es un problema de lenguas. Las lenguas llevan juntas desde que existe memoria, y la experiencia enseña, en Cataluña y en otros sitios, que se conllevan bien. El problema es el espíritu totalitario que, según la ley del péndulo, parece inspirar a unos y a otros, según toque. Y ya lleva casi treinta años tocándoles a los mismos.